Dotada de vida

Basta detenerse a mirar con recato para descubrir cosas increíbles en lo aparentemente ordinario.

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Solitas

Acá estoy, un 2 de enero, en el living de casa describiendo un desierto que habito por primera vez, la soledad de una ruptura. Hace poco leí en El arte de llevar una vida creativa que la soledad bien entendida favorece a concentración, a la creatividad, al enfoque y al orden. Empiezo el año con varios proyectos que incluyen posicionar al Cuchi desde un lugar que aporte valor a los clientes, retomar la música y comprarme un ukelele, y escribir. Escribir como no lo hice hasta ahora. Escribir pensando en un formato que pueda compartir con mucha gente. Porque en el mundo de las letras, hago nado sincronizado, me siento una ninfa que pavonea sus encantos literarios. En el proceso de orden y limpieza, di con un sinfín de cuadernos y libretas, algunos empezados, otros por la mitad y otros tantos terminados, y encontré pequeños relatos de mi vida. Miento cuando digo que estoy escribiendo un libro. Son pedazos de papel, hojas de vida arrancadas de un diario, enfoques de momentos únicos, anécdotas para el olvido, registros tomados de la calle un día cualquiera. Y quien sabe, en ese caos de escenas sin continuidad, se pueda componer una historia que tenga puntos en común con la tuya, con la de un desconocido, con la de uno otro lejano que se acerca a través de experiencias similares.

El motor

Pienso en el deseo como motor de los sueños. Estoy sentada en la mesa 3 del restaurante familiar que supo ser, y aún es, el sueño de alguien que imaginaba un espacio donde ofrecer ricos momentos, en el que pude desarrollar una faceta diferente. Hoy, con esa realidad en curso, me propongo volver a soñar y diseñar mi presente. Pienso en aquellas cosas que encienden mi fuego interior. Imágenes, lugares, colores, sensaciones, aromas, comidas, películas, escenas de la vida. Me fascinan las historias que puedo contar a través de las palabras. Mientras escribo, marchan unas Rabas para la mesa 2. Pienso en cómo compartir mi pasión por las letras con las personas que eligen El Cuchi como el lugar para reunirse con amigos, disfrutar una comida, tener una cita, pasar un momento agradable. Soy de las personas que gustan de observar la vida de los otros e imaginar, por ejemplo, la profesión del hombre pelilargo y barbudo que toma una Caipiroska de frutos rojos, y sigue con Coca Light. Confieso que su elección etílica me desconcierta. Lo hacía un tipo de whisky. Al escuchar su voz, reconsidero el prejuicio. Su tono afable va perfecto con su dulce elección. ¿Cómo comparto estas impresiones que me brotan de los dedos? Pienso en un café con historias, micro-relatos, cuentos que Amelia trae para los que paran a tomar un café, estirar las piernas o recobrar energía. Y en esa mesita apartada, haciendo la pausa, los sorprende un pedacito de mí.

La vida que llevo

Tengo una tendencia compulsiva a auto-compadecerme que no se resuelve ni en una año de terapia. Me creí el discurso de que mi actividad me ha vuelto solitaria y consecuentemente, muy amiga del tinto, entre otras cosas. ¿O será que ya era un ser poco sociable antes de mi salto al mundo gastronómico? Pienso que no importa el orden. El punto es que esta sensación de soledad me ha permitido desarrollar habilidades ignotas como hablarle a un roast beef, dedicar frases pomposas al Parmesano, tener más proveedores que amigos, oler el verso a lo lejos y pelear con ahínco por un paquete de albahaca. Pienso, también, cuán cargada estaría mi hoja de vida en Linkedin si pudiera expresar este caudal de sabiduría aprehendida. Siempre fui una ermitaña encubierta, solo que ahora puedo justificar esa cualidad en la vida que llevo.

Que viva el drama

Mientras intentaba encontrar inspiración para escribir, recordé aquel cuaderno receptor de mis grandes catarsis. Frases, sentimientos, planteos existenciales y sobretodo, cartas a Santiago. Al leer aquellas hojas manuscritas con un poco de dificultad por la caligrafía desprolija, reviví la dulzura de grandes ilusiones que fueron socavadas por numerosas decepciones al cabo de unos pocos renglones. Qué simple se había vuelto conmover desde el desamor, la tristeza y el enojo. Cuántas páginas le había dedicado a toda esa novela.

Al fin y al cabo, después de tanto andar, entendí que lo que había definido como amor, era más bien una obsesión, un deseo de poseer lo que no se tiene, de abordar lo impenetrable. Una idea fija e inamovible. Con tiempo y unos cuántos golpes, entendí que para amar hacen falta dos personas. Que lo unidireccional no funciona. Que la idea fija puede removerse, que no dura para siempre si uno se predispone a alterar el curso natural de la frustración. Y que sos un pelotudo si no te das cuenta de que el papel de víctima es aburrido y tedioso.

Hay historias que no están destinadas a ser. Punto. Hay que saber soltar, soltar, soltar, como dicen un sinfín de mensajes replicados en las redes o dibujados sobre pieles de todos los colores. Soltar y avanzar, o avanzar y soltar, cualquiera sea el orden, no altera el producto. Y lo que queda después de la remoción profunda, es lo que se aprehende, lo que se adhiere, lo que te hace crecer, tomar autoridad sobre tu propia realidad y atreverte a vivir lo que venga.

¡Que viva el drama!

 

Oh, Parmigiano Reggiano

 

Tengo un dilema mientras redacto el menú del restaurante. Se trata de las Berenjenas a la Parmesana. Láminas de berenjenas asadas, salsa de tomate, Mozzarella y Parmesano gratinado. No, Reggianito gratinado. Trabajamos Reggianito de La Paulina. Pero entonces, no serían Berenjenas a la Parmesana. Comienzo una batalla existencial en la que soy mi aliada y mi rival. Seguirán siendo Berenjenas a la Parmesana pero con queso Reggianito. ¿Cómo es posible que a todos los quesos culo, le digan Parmesano? En los volantes de delivery, en las cantinas, fondas, trattorias, restaurantes, bares y pubs.
No es Parmesano, pero nos dejamos seducir por la musicalidad. Parmesano, de Parma, región italiana famosa también por su Prosciutto. Nos gusta engañarnos. Porque muy en el fondo o no tanto, sabemos que un trozo de ese delicioso queso almacenado entre 12 y 36 meses, que se desgrana en tu boca regalándote un final feliz y un picor que te hacen bailar, no puede circular de moto en moto en sobrecitos termosellados. Oh, Parmigiano Reggiano, escribiría mil versos esta mañana, recordando tu sabor y textura. Oh, Parmigiano Reggiano, cabalgaría sin descanso hasta tus bellas tierras para raptar el umami que me ha dejado extasiada. Empuñaría mi espada y atacaría a cada mercader que te apresa en los puestos, plazas y almacenes, entre el bullicio de los transeúntes que te miran con deseo. Eres mío, Parmigiano Reggiano. Atravieso tu cuerpo y ya puedo saborearte. En trozos, virutas, rallado o gratinado.

Soy lo que construyo

Soy lo que construyo, lo que armo y desarmo cada día. Soy el intento, el esfuerzo y el resultado. Mientras escribo estas palabras, acepto mi corporeidad, reconozco mis limitaciones y asumo mi humanidad falible. Soy lo que quiero y quiero lo que soy. Mientras afirmo estas premisas, las aprehendo como una verdad dogmática, una reflexión rescatada del éter, una nota manuscrita imantada en la heladera. Soy nostalgia de los años que pasan, de experiencias vividas, de cuentos narrados. Mientras escribo, me defino;  mientras me defino, me afirmo; mientras me afirmo, me amigo con lo que soy. Soy quietud y movimiento, principio y fin, sueño y realidad, lápiz y papel. Soy lo que erijo, lo que derribo y vuelvo a erigir.

Entre el ser y el pez

Dirimo entre comprar salmón rosado o blanco. El primero es mucho más caro, pero tiene mejor prensa que el segundo. Además, sirve para hacer grávlax. Pero el blanco es muy carnoso y más barato. Este debate se genera a la hora de definir la pesca del día. Como soy más papista que el papa, si dice del día, tiene que ser del día o a lo sumo de la misma semana. Intento conectarme con mi costado literario mientras decido qué pescar. Me ahogo en un vaso de agua cuando la respuesta es matemática. ¿Cuánta pesca vendo? ¿Se justifica la compra del rosado? Para mí es algo personal. Siento la brisa del mar, el cuerpo entumecido, la piel reseca y tirante convertida en cuero ajado, mientras espero a mi presa. Siento la aspereza de las escamas y la espina incrustada en el dedo al limpiar y porciones el pescado. Siento el paladeo de la boca mientras saboreo ese bocado de un tierno, fresco y delicioso filete.