Dotada de vida

Destacado

Basta detenerse a mirar con recato para descubrir cosas increíbles en lo aparentemente ordinario.

Anuncios

El motor

Me puse a pensar en el deseo como motor de los sueños. Estoy sentada en la mesa 3 del restaurante familiar que supo ser, y aún es, el sueño de alguien que imaginaba un espacio donde ofrecer ricos momentos, en el que pude desarrollar una faceta diferente. Hoy, con esa realidad en marcha, me propongo volver a soñar y diseñar mi presente. Pienso en aquellas cosas que encienden mi fuego interior. Imágenes, lugares, colores, sensaciones, aromas, comidas, películas, escenas de la vida. Definitivamente, me encienden las historias que puedo contar a través de las palabras. Mientras escribo, marchan unas rabas para la mesa 2. Pienso en cómo compartir mi pasión por las letras con cualquier persona que elija el Cuchi como el lugar para saborear una comida, compartir un momento, una cita, un encuentro.
Soy de las personas que gustan de observar la vida de los otros, puedo contemplarlos e imaginar, por ejemplo, la profesión del muchacho pelilargo y barbudo que toma una caipiroska de frutos rojos, y sigue con Coca Light. Confieso que su elección etílica me desconcertó. Lo hacía un tipo de whisky. Al escuchar su voz, reconsidero el prejuicio. Su tono afable va perfecto con su dulce elección. Vuelvo a pensar en cómo compartir estas impresiones del mundo que brotan de mí. Pienso en un café con historias, micro-relatos, cuentos que Amelia trae para aquellos que paran a tomar un café, estirar las piernas o recobrar energía. En esa mesita, haciendo la pausa, los sorprende un pedacito de mí.

La vida que llevo

Tengo una tendencia compulsiva a auto-compadecerme que no se resuelve ni en una año de terapia. Me creí el discurso de que mi actividad me ha vuelto solitaria y consecuentemente, muy amiga del tinto, entre otras cosas. ¿O será que ya era un ser poco sociable antes de mi salto al mundo gastronómico? Pienso que no importa el orden. El punto es que esta sensación de soledad me ha permitido desarrollar habilidades ignotas como hablarle a un roast beef, dedicar frases pomposas al Parmesano, tener más proveedores que amigos, oler el verso a lo lejos y pelear con ahínco por un paquete de albahaca. Pienso, también, cuán cargada estaría mi hoja de vida en Linkedin si pudiera expresar este caudal de sabiduría aprehendida. Siempre fui una ermitaña encubierta, solo que ahora puedo justificar esa cualidad en la vida que llevo.

Que viva el drama

Mientras intentaba encontrar inspiración para escribir, recordé aquel cuaderno receptor de mis grandes catarsis. Frases, sentimientos, planteos existenciales y sobretodo, cartas a Santiago. Al leer aquellas hojas manuscritas con un poco de dificultad por la caligrafía desprolija, reviví la dulzura de grandes ilusiones que fueron socavadas por numerosas decepciones al cabo de unos pocos renglones. Qué simple se había vuelto conmover desde el desamor, la tristeza y el enojo. Cuántas páginas le había dedicado a toda esa novela.

Al fin y al cabo, después de tanto andar, entendí que lo que había definido como amor, era más bien una obsesión, un deseo de poseer lo que no se tiene, de abordar lo impenetrable. Una idea fija e inamovible. Con tiempo y unos cuántos golpes, entendí que para amar hacen falta dos personas. Que lo unidireccional no funciona. Que la idea fija puede removerse, que no dura para siempre si uno se predispone a alterar el curso natural de la frustración. Y que sos un pelotudo si no te das cuenta de que el papel de víctima es aburrido y tedioso.

Hay historias que no están destinadas a ser. Punto. Hay que saber soltar, soltar, soltar, como dicen un sinfín de mensajes replicados en las redes o dibujados sobre pieles de todos los colores. Soltar y avanzar, o avanzar y soltar, cualquiera sea el orden, no altera el producto. Y lo que queda después de la remoción profunda, es lo que se aprehende, lo que se adhiere, lo que te hace crecer, tomar autoridad sobre tu propia realidad y atreverte a vivir lo que venga.

¡Que viva el drama!

 

Oh, Parmigiano Reggiano

 

Tengo un dilema mientras redacto el menú del restaurante. Se trata de las Berenjenas a la Parmesana. Láminas de berenjenas asadas, salsa de tomate, Mozzarella y Parmesano gratinado. No, Reggianito gratinado. Trabajamos Reggianito de La Paulina. Pero entonces, no serían Berenjenas a la Parmesana. Comienzo una batalla existencial en la que soy mi aliada y mi rival. Seguirán siendo Berenjenas a la Parmesana pero con queso Reggianito. ¿Cómo es posible que a todos los quesos culo, le digan Parmesano? En los volantes de delivery, en las cantinas, fondas, trattorias, restaurantes, bares y pubs.
No es Parmesano, pero nos dejamos seducir por la musicalidad. Parmesano, de Parma, región italiana famosa también por su Prosciutto. Nos gusta engañarnos. Porque muy en el fondo o no tanto, sabemos que un trozo de ese delicioso queso almacenado entre 12 y 36 meses, que se desgrana en tu boca regalándote un final feliz y un picor que te hacen bailar, no puede circular de moto en moto en sobrecitos termosellados. Oh, Parmigiano Reggiano, escribiría mil versos esta mañana, recordando tu sabor y textura. Oh, Parmigiano Reggiano, cabalgaría sin descanso hasta tus bellas tierras para raptar el umami que me ha dejado extasiada. Empuñaría mi espada y atacaría a cada mercader que te apresa en los puestos, plazas y almacenes, entre el bullicio de los transeúntes que te miran con deseo. Eres mío, Parmigiano Reggiano. Atravieso tu cuerpo y ya puedo saborearte. En trozos, virutas, rallado o gratinado.

Soy lo que construyo

Soy lo que construyo, lo que armo y desarmo cada día. Soy lo que puedo, lo que me sale. Soy el intento, el esfuerzo y el resultado. Mientras escribo estas palabras, voy aceptando mi corporeidad, reconociendo mis limitaciones y asumiendo mi humanidad falible. Soy lo que quiero y quiero lo que soy. Mientras afirmo estas premisas, las aprehendo como una verdad dogmática, una reflexión rescatada del éter, una nota manuscrita pegada en la heladera. Soy nostalgia de años que pasan, de experiencias vividas, de cuentos narrados, de metas alcanzadas. Mientras escribo, me defino;  mientras me defino, me afirmo; mientras me afirmo, me amigo con lo que soy. Soy quietud y movimiento, principio y fin, sueño y realidad, lápiz y papel. Soy lo que erijo, lo que derribo, lo que vuelvo a erigir.

Entre el ser y el pez

No sé por qué dejé de escribir. Hace rato que no encuentro motivos suficientes para hacerlo. No dejes para hoy lo que vas a hacer mañana. Mientras añoro esa fluidez de pensamiento hecho texto, dirimo entre comprar salmón rosado o blanco. El primero es mucho más caro, pero tiene mejor prensa que el segundo, aunque no se refleje en las ventas.  Además, el rosado serviría para hacer grávlax. Pero el blanco tiene carne bastante firme y es mucho más barato. Este debate interno se genera a la hora de definir la pesca del día. Como soy más papista que el papa, si dice del día, tiene que ser del día o a lo sumo de la misma semana. Aquí estoy, intentando conectarme con mi existencialismo literario mientras decido qué pescar. Me hundo en un vaso de agua cuando la respuesta es matemática. ¿Cuánta pesca mensual vendo? ¿Se justifica incorporar un producto más caro? No me resigno a que sea una mera cuestión de números. Siento el cuerpo entumecido del pescador mientras espera a su presa, su piel reseca y tirante convertida en cuero ajado, producto del clima hostil. Siento la aspereza de las escamas y la espina incrustada en el dedo del cocinero, mientras limpia el pescado que porcionará en filetes. Siento el paladeo de tu boca mientras saboreás ese bocado de un tierno, fresco y delicioso pescado.

Pensarnos a través de la gastronomía

Hoy, 6.30 am, desperté pensando en El Cuchi, en cómo resolver la falta de mercadería fresca de hoy, ya que el verdulero no hace repartos, desperté recordando que el encargado de mantenimiento no respondió el teléfono ayer a la tarde, para re-confirmar que vendría hoy a las 11.00 am, pero seguramente olvidó este lunes feriado y se lo tomó.

Dejando de lado gajes del oficio, desperté pensando en que al Cuchi le falta algo. Un slogan, un anclaje, un concepto escrito que resuma su propuesta como marca. Todavía mi cerebro no activa. Estoy escasa de ideas, prendo la computadora para navegar en la red, para ver y leer en una pantalla más grande que la del teléfono. Cada vez que googleo “mejores restaurantes de Nueva York”, termino perdiéndome en los rankings de ny.eater.com , leyendo entre líneas las diferentes propuestas, detrás de las cuales hay grandes grupos gastronómicos. Llego a THE DUTCH, y leyendo acerca de su historia, me entero que pertenece a un grupo de 3 socios, dueños de otros 5 locales más, LOCANDA VERDE, JOE’ S PUB, THE LIBRARY, LAFAYETTE y BAR PRIMI. De un link salto a otro, a otro, y a otro más. Obviando fotos apetecibles, arquitectura y diseño interior espectaculares, los tipos saben vender a través de un texto, un gancho que te atrapa y te cuelga. Claro que  toda promesa de marca tiene que poder cumplir ese claim cada vez que te sentás en uno de esos locales.

Cuánto trabajo hay detrás de todo este mundo que veo a través de una pantalla. Vuelvo a la Argentina y pienso en todos los aspectos que integran la experiencia de comer en Buenos Aires. Me gusta mucho comer, tengo la suerte de poder salir y conocer las tendencias del rubro gastronómico. Estos últimos tiempos, me abruma la proliferación de ferias barriales, la instalación de food trucks, la migración masiva hacia la comida callejera con onda y la saturación de locales de comida rápida gourmet. No estoy en contra de toda esta movida urbana, solo expongo el tema bajo la lupa, e intento reflexionar acerca de los cambios en la gastronomía, que hoy está muy bastardeada. Quienes estamos en el rubro sabemos lo que cuesta tener un local y mantenerlo: impuestos, servicios, mantenimiento, compras, sueldos etc. Sin embargo, no es allí donde radica mi exposición, sino en un fenómeno que vengo observando: el deterioro del servicio y el desinterés en la atención al cliente.

Hace menos de un mes, estuve cenando en un restaurante de un chef argentino reconocido local e internacionalmente, que tiene una propuesta tentadora y con precios razonables en el barrio de San Telmo. Esa noche, no pude evitar detenerme en la camarera, que parecía no tener el más mínimo conocimiento de gastronomía, ni hablar de actitud de servicio. La chica no entendía bien el menú que estaba repitiendo como un loro, no sabía descorchar un vino y se apoyaba sobre la mesa como si estuviera hablando con sus amigos. En defensa del restaurante, y siendo gastronómica, puedo entender que muchas personas no eligen su trabajo, empatizo con la situación del encargado, porque más de una vez, me toca lidiar con la falta de personal capacitado o con la incorporación de una persona poco capacitada a último momento. Esto me lleva a pensar en la importancia de la educación. Y no hablo solo de gastronomía. Uno puede desconocer el trabajo, pero tener voluntad para hacerlo. Al restaurante, le corresponde la tarea de comunicar al personal cómo se trabaja en ese lugar, cuál es el estilo de la casa; debe trabajar en la motivación de los camareros para que vendan un plato, haciendo que lo prueben y transmitan ese bocado a los clientes. Transmitir, educar, enseñar una receta, el origen de un ingrediente, una porción de historia. Pero todo este lirismo se enfrenta con una realidad que viven muchos rubros.

En un escenario en que los sueldos no alcanzan para vivir, en donde las problemáticas sociales y culturales son agudas, resulta engorroso transmitir valores e intentar que un empleado se ponga la camiseta de una casa, aunque esté en una situación laboral decente, en un clima de trabajo ameno. Más de una vez, me tocó llamar la atención de uno de mis camareros por levantar la cuenta de una mesa, abrir el porta adición y contar los billetes en el camino de la mesa a la caja, casi a la vista del cliente. Más de una vez me tocó retar a un empleado que llegaba dos horas tarde al trabajo, entre mamado y drogado. Y mientras uno piensa en cómo ser mejor restauranteur, mejor empleador, mejor persona, suceden cosas, conviven personas y se desarrollan historias de vida diferente que incomodan, raspan y duelen, que no son más que el reflejo de una sociedad polarizada.